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Pareja Después de la primera curva
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PAREJA

Después de la primera curva

Después de la primera curva …. ¡Ahhh, qué bonito es cuando Cupido atina las flechas indicadas a las personas indicadas! Es que, nadie puede negarlo, […]


Escrito por: Ana Victoria Taché
Después de la primera curva

Después de la primera curva

…. ¡Ahhh, qué bonito es cuando Cupido atina las flechas indicadas a las personas indicadas!

Es que, nadie puede negarlo, estar enamorado es una belleza: uno se siente como en un cuento colorido de realidad aumentada, porque sí, químicamente es fantástico saber que estamos enamorados y bien correspondidos, claro está.

Estar enamorados es esa etapa en la que el ego y las hormonas se ponen de acuerdo, en la que la atmósfera puede cambiar con un simple mensaje de buenos días o algo tan intangible como un “like”. Esa etapa, en la que no queremos más que estar pegadas al objeto de nuestros suspiros, empiernarnos, contarle nuestros sueños y todas aquellas cosas que nos mueven en el día a día; esa etapa tan bonita en la que el mundo pareciera un regalo recién abierto, nuevecito… y que, tristemente no es eterna.

Cuánto dure el rush y todo ese desequilibrio químico que el amor provoca, depende de una serie de cosas, circunstancias y, claro está, de las personalidades de cada quien. El problema viene cuando, en medio de toda esa idealización que tenemos sobre el ser amado, nos despertamos un día con la sorpresa de que amaneció con aliento a dragón y que, ya viéndolo bien, sin los velos del romance, no es ni tan guapo, ni tan simpático, ni tan atractivo… ni tan pues tan… ya sabes, no? Ni tan todo eso que parecía ser hace apenas unos meses.

Yo siempre dicho que el enamoramiento es esa etapa que, cuando llega a su fin, hace que nuestro príncipe azul empiece a adquirir un tono verdoso, más parecido al de Shrek, que al del hombre de nuestros sueño. Y por supuesto, cuando Cupido se va y nos deja con la realidad desnuda, pareciera que el mundo se derrumba y desde nuestro pensamiento mágico llegan una serie de decepciones que nos hacen creer que tal vez, nuevamente, el desamor nos ha vuelto a jugar sucio.

Y sin embargo, no es ni tiene por qué ser así, ¡al contrario! Me explico: el enamoramiento es padrísimo pero no es más que una etapa (los expertos dicen que la serotonina en el mejor de los casos, puede tardar hasta un año en volver a sus niveles normales) en la que vamos descubriendo desde un mundo mágico y poco realista, las razones por las cuáles queremos seguir andando el camino al lado del ser amado.

Una vez que pasa, y dejamos de verlo tan perfecto como parecía en el perfil de Bumble… ¡ejem!, quiero decir, como parecía en un principio, es donde nos toca hacer uso de nuestra madurez e inteligencia emocional (porque todas tenemos de eso en cantidades abundantes, ¿verdad?) y recordar aquella premisa que dice que el hombre de nuestros sueños no existe. Recordar que somos personas de carne y hueso, cargadas de defectos y que así como nosotros podríamos asesinar a este cavernícola subnormal que no baja la tapa del excusado; él también ha sentido ganas de mandarnos al inframundo cada vez que no encuentra leche de vaca, sino esa cosa aguada de almendras en el refrigerador.

Eso, así tan feo e insípido, se llama realidad y no tiene por qué ser, necesariamente mala.

Porque la verdad, la idea de vivir en el rush permanente por los siglos de los siglos, amén; me resulta en principio agotadora, y más allá de lo agotadora, totalmente alejada de la realidad.

Yo creo que el amor padre, el que de verdad forja los cimientos para construir ese castillo de ilusiones que llamamos realidad, es lo que pasa luego del enarmoamiento ciego.

Es lo que pasa ya después de andar el paisaje bonito de la carretera: ahí, donde están las curvas, los baches, las subidas, las bajadas, el frío y el calor excesivo, las noches eternas, los caminos desviados. Ahí, donde la realidad no está maquillada y donde no  tenemos más remedio que ver de qué está hecha esa relación que no tiene mayor alternativa que sacar la casta… o no.

Regularmente nos pasa que la decepción llega en la primera curva y nos sentimos profundamente decepcionadas por haber creído que semejante sapo era en verdad nuestro príncipe soñado; o, plan B, le echamos la culpa a él por no ser como nosotras lo esperábamos, o viceversa.

Sin embargo, una forma clara y sencilla de andar en las rutas no solo de Cupido, sino de la vida en sí, es tener claridad absoluta de que nada en este mundo es eterno, para bien y para mal.

Estar plenamente claras de eso, nos ofrece muchas ventajas: primero, yo disfruto mucho más los momentos buenos porque sé que ese instante mismo en que el hombre que me ama me despertará con un café como me gusta, tardará pronto en esfumarse; así que lo atesoro y valoro en toda su grandeza. Y por otro lado, me da una idea clara y consiente de que esa belleza de hombre que me hipnotiza no siempre será ni tan bello, ni tan joven, ni tan simpático como lo veo ahora con lo cual, si quiero seguir con él, no tengo más remedio que intentar verlo con unos ojos más auténticos.

Me parece que el momento claro para plantearnos si queremos seguir al lado de esa persona, no es ni remotamente después de la segunda o tercera cita; sino después de conocerle los demonios al de enfrente y ver si así, con todo lo malo que tiene, y con todo lo imperfecto que es, vale la pena.

Si alguien cree que el amor verdadero es ese encantamiento del principio, tiene ¡ya! Que dejar de ver Chickflicks (cancelar la suscripción de Netflix si es necesario), y recordar aquella frase de las abuelas que dice que ningún mar en calma ha hecho buenos marineros.

Lo padre, el compromiso, la complicidad, la comunicación, y todas esas cosas que conforman el universo de las relaciones no son tal vez tan bonitas como las vemos en un principio, pero son las que de verdad valen.

El amor de buena calidad es aquel que libra no una, sino varias curvas, pero si Cupido le atinó, cada una de ellas vale la pena.

FELICES PASOS

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